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La isla, la ciencia y la aventura
Es innegable la mística de la Isla del Coco. Pocos costarricenses la conocen pero la mayoría no duda en considerarla una maravilla. Quisiera saber si pensarían lo mismo si conocieran el alto precio que hay que pagar para acceder a ella. No me refiero al costo monetario, sino a las tribulaciones que hay que soportar: dos días de vaivén incesante, mareo fulminador y ese cruel vómito. Para los tripulantes es tan cotidiano trabajar, cocinar y hasta vivir en esas condiciones. Pero no así para un nauseabundo pasajero anacrónico que durante inacabables horas experimenta como, excepto la respiración, todas sus demás funciones vitales se detienen, incluso las excretoras.
El viaje de ida es sumamente agitado. Se viaja a contracorriente y la embarcación se sacude permanentemente. En singulares momentos que rompen la monotonía pueden divisarse tortugas o ballenas en alta mar. Al fin, la expresión "ya se ve la isla" es suficiente para que la deshidratación, la debilidad, el hambre, la somnolencia y el atolondramiento se disipen con la esperanza de que, desde cubierta, a la Isla se llegue pronto. No quiero ser malinterpretado, siempre que pueda volveré.
Allí, frente a uno está se presenta una espectacular acuarela compuesta por una verde montaña, recortada por acantilados y derramada por cascadas que caen por doquier. ¿Cuántos han sido seducidos por su belleza? Piratas, científicos, buzos, turistas y, por supuesto, pescadores. Tres veces he venido y las tres me he postrado ante la ínclita exuberancia de vida que allí se observa.
Ciertamente la isla es el tesoro, aunque esto contradiga a Stevenson. Pero es un tesoro ignoto desde todo punto de vista. Se sabe muy poco, pero lo que se sabe indica que hay más. ¿Qué le pasan a las corrientes cuándo llegan a la Isla?, ¿hacia dónde se dirigen las nubes?, ¿cuáles son las distribuciones de nutrimentos que sostienen la cadena alimentaria que termina en multitudinarios cardúmenes de tiburones?, ¿cuánto afectan a la Isla las actividades humanas?, ¿cómo podemos proteger los corales?.
En busca de esas respuestas y de más preguntas, dos químicos, tres físicos y nueve biólogos se embarcaron en Puntarenas en una trasnochada y lenta embarcación, el Phoenix de la Fundación MarViva, un barco cargado de historia más parecido a la Roca Sucia que a un buque de exploración científica, cuyos dormitorios hicieron de nosocomio por cincuenta horas. Realmente no me quejo, es el viaje más suave que he hecho. En el 2003, vine en un lujoso barco de turistas que duró treinta y dos horas en medio de la tormenta imperante. Del 2001 ni se, hiberné las treinta y ocho horas de fuerte tormenta en un viaje de Golfito a la Isla, en una patrullera cuyo balanceo era tal que me caían los cubiertos y las gavetas mientras yacía en el suelo: sencillamente dos días borrados de mi calendario. La vida del marinero es muy dura, pero la del oceanólogo no anda muy lejos.
Escribimos un capítulo más en la historia de la exploración científica de la Isla del Coco. Zarpamos el 9 de octubre del 2007 y regresamos el día 20. Por doce días convivimos en un ambiente único rodeado de camaradería en un dominio donde solo existe la ciencia, aislados de la sociedad de consumo, enlutados por el trago amargo del referendo, lejos de una patria inundada en las lágrimas por la anexión.
Cada uno a lo que vino. Los físicos a estudiar el clima, las olas y las corrientes. Los químicos fuimos a medir las propiedades del agua a diversas profundidades, a tomar muestras de agua y de sedimentos y a cuantificar la productividad primaria. Los planctólogos a arrastrar redes en todas direcciones para atrapar variados organismos, cada día una nueva especie. Los coralólogos llevaron la mejor parte: de tres a cuatro buceos diarios en muchos de los islotes.
Durante el día sol, lluvia y trabajo. Durante la noche, coordinación de tareas y discusión de los resultados de campañas anteriores. Fue enriquecedor aprender de los colegas la manera en la que estudian el sistema desde su marco de referencia, así nos proporcionaron lucen que guían nuestros propios trabajos. De igual forma, cada grupo presentó la información a la tripulación y a los guardaparques.
Esa fue la oportunidad de bajar a la Isla. Nuestros cerebros se condicionan tanto que, aún en tierra firme, se siente más la trepidación. Luego de escuchar el testimonio de quienes pueden considerarse isleños, aprovechamos "el estado solidario" e hicimos llamadas satelitales desde el teléfono público de la Isla. En el 2001 se estaba por iniciar el proyecto hidroeléctrico del río Genio, en ese entonces la única fuente de energía eléctrica era un motor diesel que funcionaba hasta las siete en punto. A partir de allí, Luna, estrellas y bioluminiscencia. En la actualidad, la planta está en completo funcionamiento. Un proyecto que puede ser orgullo de la alicaída imagen del ICE, pues requirió de un enorme esfuerzo humano e ingenieril. En el camino a la planta, a la toma de agua y a la catarata del río Genio se observan muchas especies animales y vegetales características, algunas de ellas endémicas. La catarata forma una poza profunda con una grada en la caída, que viene a constituir un deleite de agua dulce para pieles resecas por la sal marina.
En la playa hay mucho que ver para los ojos que quieran hacerlo: estratificación de organismos, oleaje, paisaje. El camino entre las playas de Chatam y Wafer es muy estético, aunque de difícil tránsito por la abrupta pendiente. Sobretodo, fue difícil bajar con el peso de la estación meteorológica que los físicos montaron en la cima del cerro. En Chatam está el encuentro con una historia de doscientos años plasmada en las inscripciones litográficas de piratas franceses, ingleses y españoles, junto a nombres de bombetas coetáneos sin ningún respeto y a declaraciones de amores eternos que no sobrevivieron a la distancia ("el hombre marinero no se debe casar porque al zarpar el barco lo pueden engañar…").
Teníamos tanto trabajo que, desafortunadamente, no fue posible acceder a la cima del cerro unichs. En el 2003 subí a sus seiscientos metros. Allí se observa un mundo nuboso que me recordó al de Poás, con lluvia perenne, pero con unos fantásticos helechos de un verdeazul tan irreal que parecen artificiales y unas palomas blancas que recorren el Pacífico entero para revolotear sobre nuestras cabezas.
Definitivamente en el ambiente marino está la acción. Desde el barco, atraídos por la luz, se observan peces de todos los tamaños, incluso la silueta atemorizante de uno que otro tiburón, allí mismo donde nadamos. En el 2001 si pude bucear alrededor de Manuelita y la pregunta es ¿existe algún otro lugar en el mundo con tanta variedad de especies, concentradas en un solo lugar? Estas biólogas que nos acompañan, cada día sorprenden más, nos cuentan maravilladas como nadan en aguas infestadas de tiburones y se asustan por un grillo. Uno de nuestros compañeros, un italiano, tenía una trabajo fascinante: documentales submarinos. Gracias a un equipo de alta definición, nos trajo el mundo subacuático que filmó durante esos días y que los biólogos explicaron en detalle.
Para los químicos y los planctólogos se reservó un regalo: una serie de muestras tomadas en todo el perímetro de la Isla. En el 2001, se hizo en panga y sin cabrestante. Siempre me pregunto cómo lo logramos. Este recorrido es una buena oportunidad para encontrar delfines y ver a las aves marinas cazar, perseguir o robar. Fuimos premiados con un día soleado, ideal para fotos coloridas pero de gran dificultad pues la fuerza del mar es impresionante y casi hay que trabajar de rodillas. Cabo Atrevido, Bahía unichs, Bajo Alcyone (tan intranquilo que la mitológica alción nunca anidaría), Dos Amigos (aquí si se ven olas), Punta María, Weston, Roca Sucia, Ulloa, Gissler, Muela, Cáscara, Pájara, son lugares con accidentes que develan el pasado geológico y que invitan a encontrar formas entre las rocas, tales como "El grito" de Edvard Munch, perfectamente visible en Manuelita.
La Isla del Coco también es un paraíso onírico. He notado que allí los sueños son más vívidos. Tanto que la diferencia entre la realidad y los sueños está en el lugar donde ocurre: los sueños ocurren en el continente mientras que la realidad transcurre en la Isla. Son sueños muy elaborados, concatenados y hasta lógicos. Solo al alejarse de la Isla es que comienzan las pesadillas. ¿Será esto inspirador? En un viaje como este se entienden mejor las palabras que los poetas nunca han dejado de dedicar al mar. Aquí está la ladera de un monte más alto que el horizonte, donde nos sentamos a esperar que suba la marea, sabemos por qué ruge la mar embravecida y por qué Neruda supo que los marineros besan y se van.
El CIMAR (Centro de Investigación en Ciencias del Mar y Limnología) y la Universidad de Costa Rica merecen una roca en la bahía Chatam, a la altura de la famosa Alcyone de Cousteau. Perdimos parte de nuestro equipo oceanográfico y lo mismo ocurrió con los onerosos correntómetros. A cambio sabremos un poco más de la Isla. No hay duda de que dista mucho de ser uniforme desde cualquier punto que se la mire. Fue un privilegio formar parte de un grupo científico tan selecto, ser pionero de una investigación es una satisfacción y hacerlo en la Isla del Coco es un placer. Aunque yo siga siendo un bruñido marinero de agua dulce y nunca llegue a lobo de mar. Gracias a todos.
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