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Me gustaría empezar este artículo como una disculpa a todos aquellos que, de diferentes formas, mantienen un lazo sentimental con aquel pequeño pueblo que estuvo algún día encallado en un rincón de nuestras altas montañas. Y es que cada palabra retumba como una especie de transgresión, y solo puedo esperar que la transgresión no supere las lecciones que nos dio la montaña, y que acompañarán a nuestros pueblos por siempre.
El primer paso que damos hacia la “vieja Cinchona” nos obliga a caminar sobre el antiguo cementerio y nos enfrenta con una destrozada y maltratada iglesia retorcida por los ventarrones. El panorama es callado. A lo lejos se pueden ver los deslizamientos que empiezan a reverdecer y a esconder lentamente las entrañas de una naturaleza que parecería inalterable. Un pequeño crujido de maderas nos enmudece y de reojo se dibujan los restos mortales de la escuela.
Casi en el aire tenemos que agarrar a una inquieta imaginación que vuela procurando recrear cada pequeño horror personal, cada casita derrumbándose, y los infinitos segundos de histeria desatados hace tres años. Recorremos las calles una a una, fotografiando los recordatorios de las víctimas mezclados con marcadas señales de vandalismo. Hasta que llegamos a lo que acertadamente podemos describir como “el final” del pueblo. Un corte abrupto en el asfalto y todo lo que estuvo debajo que hiela la sangre.
En algunas casas aún se mantienen los bloqueos en puertas y ventanas, y los mensajes en las paredes que suplican a los visitantes respetar sus pertenencias. Súplicas que iban acompañadas de la desgarradora esperanza de regresar algún día, y que fueron ignoradas en su mayor parte.
A lo lejos lo que suponemos era un ex habitante de Cinchona se alejó cautelosamente de nosotros, dejando claro que no tenia ni las palabras ni el aliento para responder a las majaderas preguntas de un grupo de curiosos. Nosotros mientras tanto nos preguntamos por las actividades de recordatorio que tuvieron lugar en otros años. Por los viejos moradores, que algún día visitaron sus antiguas vidas. Pero este ocho de enero, tres años después, Cinchona estuvo solo. ¿La razón? Me gusta creer que, tres años después, los ex pobladores han comenzado a sanar y que el olvido forma parte de esta sanación.
A poca distancia de Cinchona, se encuentra “nueva Cinchona”, un lindo pueblo de casas iguales donde cualquiera puede confundir la casa propia con la del vecino. Que aún no tiene el olor de pueblo, pero tiene un techo. De nuevo, no encontramos el menor indicio de un recordatorio. Incapaces de juzgar a los dolientes es difícil ignorar que los grandes medios que ayer vendieron y escurrieron hasta el hastío el dolor de este pueblo no hayan encontrado hoy ni un solo rincón en sus gruesas páginas para siquiera un somero pésame de cortesía.
Al pueblito pareciera que poco a poco lo cubre el mismo verdor que va cubriendo los pelonazos en las laderas. Y que algún día terminará de ser reclamado por la maleza, el silencio y el olvido. |