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Carlitos, un tipo sin talento alguno
Advertencia: Fortuitos son los parecidos con cualquier persona muerta o viva.

Rafflesia arnoldii
Es poco lo bueno que se puede decir de Carlitos. Carlitos es un caleidoscopio de adjetivos adversos que se multiplican en su reflejo. Carlitos es tal cual es. Es tonto, feo, sin gracia alguna pero pleno de delirios de grandeza. Carlitos no es un tipo común y corriente, pero todos conocen a un Carlitos común y corriente. Este en particular, “El Carlitos”, al igual que tantos otros Carlitos, pasaría desapercibido si en su paranoia no fuera tan dañino. Carlitos lo obliga a uno a sacar la cara más mala que se puede tener.
Nuestro Carlitos es casi la versión tridimensional del Coyote del Correcaminos (todos con ce: Carlitos, Coyote, Correcaminos). Uno ve una fábula cualquiera y el Coyote está siempre haciendo lo mismo: precipitándose en el abismo del fracaso. Igual de obsesivo que el Coyote, nuestro Carlitos sí que tiene ingenio, mas carece de un objetivo, uno solo nada más, porque cambia de objetivos continuamente, incluso en el transcurso de un parpadeo es incapaz de recordar para dónde iba. Lo curioso es que, en su cabeza, esos objetivos se cubren de dorado y lo que fue solo una obsesión momentánea, cinco años después lo cuenta como si hubiese sido una proeza, como si fuera el acto de consagración de un héroe. ¡Así es Carlitos!
Pocos le tienen paciencia. Hasta los interlocutores más educados se la ven a palitos para sostener su mirada mientras habla. Instintivamente, miran por doquier, se aburren y hacen intentos para cortar la conversación. ¡Es un verdadero suplicio! Por suerte para él, Carlitos interpreta esa situación suponiendo que la persona que debiera escucharlo, no está a su altura intelectual, es incapaz de entenderlo y, por tanto, es Carlitos mismo el que tiene que ser comprensivo, con esos pobres diablos.
De esta manera, en un típico monólogo de Carlitos, se pude ir frenéticamente a través de una errática hipérbole que empieza en la infraestructura deportiva de este país, continúa aderezada con tres o cuatro frases célebres que Carlitos ya memorizó; sigue a través de su exitosa trayectoria como poeta, músico, deportista, científico, comerciante, abogado, piloto, politólogo, galeno o psicólogo; para llegar a la tesis del enfrentamiento entre los de allá y los de acá y justificar sus fracasos por ser parte de la generación perdida de los años ochenta.
Mentí, Carlitos si tiene un talento: se inventa su pasado. Es cierto que no tiene ninguna credibilidad, pero eso, él no lo sabe ni le importa. Está convencido de que si él lo cree, tarde o temprano los demás lo creerán también. Tampoco le preocupa ser coherente con las historias que cuenta, total si no las recuerda él mismo, mucho menos lo harán esos ineptos. Si, Carlitos es ingenuo. Y además un trastornado que se victimiza en cada frase, que externaliza la responsabilidad de sus acciones al justificar sus yerros: fueron “otros” los culpables. Carlitos nunca supo enfrentarse con firmeza a otra persona, al contrario, de sobremanera le gusta el chismorreo subterfugio. Así que sus enemigos, ni siquiera saben que lo son. Y la cereza del pastel, Carlitos es un envidioso nato y neto: siempre quiere lo que otro tiene.
Carlitos iba por la vida inventándose su propia historia, llena de adrenalina, de peligros, de exhibición de conocimientos, de regias experiencias, de satisfacción al humillar a otros con su grandeza. Habría seguido así, solito, de no ser porque llegó el apoteósico día en que encontró su rosa. Sí, su rosa engreída, como El Principito. Solo que no esta no era una flor desvalida, ¡no! Era muy grande para ser rosa. Era casi un amorfo falo titánico. Era una rara especie enorme y malolienta, tal como unaAmorphophallus titanum, esa monumental, gigantesca, flor de Sumatra. O se me antoja más como unaRafflesia arnoldii la parásita cuyo único órgano visible es una hercúlea flor con unos masivos pétalos que no pueden vencer la gravedad. La flor de Carlitos tenía un insoportable olor a carroña que lo atrapó perdidamente. El la creyó “su margarita”. Quiso deshojarla pétalo a pétalo, pero ella lo aplastó con su peso inconmesurable.
De hecho, ella lo anuló, lo eclipsó en todo. Era más fantasiosa, tenía una lengua más larga, bífida y viperina y era mucho más manipuladora. Se potenciaron en su irracionalidad. Se vieron a sí mismos inteligentes, poderosos. Juntos, se comerían al planeta entero y a todo aquel que se les interpusiera. No habría ningún área del conocimiento humano que no dominaran perfectamente. Todas las ciencias, todas las artes, toda la cultura mundial estaba condensada por su infinita polifacia. Sólo una cosa seguían sin entender: cómo sobrevive el CERN (1), allá en Ginebra, sin sus inconmensurables conocimientos. No obstante, la interpretación de esa carencia la tenían a flor de piel: esos envidiosos llegaron antes que ellos.
Como un maligno rey Midas en negativo, ese monstruo bicéfalo convirtió en mierda todo lo que estuvo a su alcance. Alardearon de su poder. Donde se posó su sombra se pudrieron las plantas, huyeron los animales. Aterrorizaron a todos con su infortunada presencia. No quedó piedra sobre piedra. Dispersaron sal sobre los escombros para que nada volviera a crecer. Se creyeron dueños de las ideas, las de hoy y las de mañana y se apresuraron para advertir que nadie podría volver a pensar pues ellos ya lo habían pensado todo. Insaciables, como una versión aburrida de Gargantúa y Pantagruel, iban depredando eriales en un ciclo de dos años. Nunca más de dos años, porque antes de eso se resquebraja su careta y así, poco a poco, se desvanecía la ilusión de su poder, esa que sembraron en las débiles mentes de sus incautos esbirros.
Carlitos entonces se creyó completo. Se sentó a reflexionar y concluyó, muy lúcidamente, que lo que necesitaba su patria tropical era practicar el badmington. Así la sacaría del subdesarrollo. Se convirtió en su paladín. Como por arte de magia los pregrados se convirtieron en postgrados ¡vaya sutileza! Se inventó su célebre pasado como “badmingtonman”. Nacieron las épicas historias de partidos ganados aún después de ir perdiendo, de partidos perdidos por envidia del árbitro o los jueces, pero que él, en su magnanimidad ya los ha perdonado y olvidado por la omnipotente gracia divina. Y vinieron los nombres de compañeros con dos apellidos, que nadie conoció en este ingrato país que nunca entendió que él venía a sacarlo de la miseria, que nunca agradeció sus inmensos sacrificios por rescatar a la juventud de las garras de la mundana inmundicia. Este país que no espera la hora en llegar genuflexo a sus pies para adularlo por su superdotado cerebro. Porque esos ignorantes nunca le buscaron primero para pedirle consejo. Así que, tuvo que darles un lección y los privó de su sabiduría, esa fue su mayor venganza. ¡Lo merecen! ¡Cómo van a preferir a un profesional universitario en vez de este Carlitos! Carlitos, que en su vasto andar por el mundo lo sabe todo y mejor que cualquiera, que nunca necesitó de maestros para ser grandioso. ¿Por qué lo hace otro si él es el más calificado para hacerlo? ¡Qué importa que su margarita enorme y fétida lo humille públicamente! Si los demás están por debajo de él, si le dan la satisfacción de que es envidiado porque su Dios lo bendijo con todos los dones. ¡Necios! ¡No saben que eso duele!
Dejamos aquí a Carlitos, una auténtica caricatura de sí mismo, inconcluso, naufragando eternamente, pegando en la misma piedra, anhelando lo que otro tiene, cayendo en el mismo desfiladero, como el Coyote del Correcaminos, siempre haciendo lo mismo… por culpa de los envidiosos, sin duda.
Si no fueran tan temibles nos darían risa
si no fueran tan dañinos nos darían lástima
porque como los fantasmas sin pausa y sin prisa
no son nada si les quitas la sábana. -JMS
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[1] Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire, entre Francia y Suiza, actualmente la Organización Europea para la Investigación Nuclear. El centro científico más importante del mundo.
 Gargantúa. Grabado de 1873 de Gustave Doré para una edición de Gargantúa y Pantagruel de François Rabelais.
 Pantagruel. Grabado de Gustave Doré para una de las ediciones de Gargantúa y Pantagruel de François Rabelais.

Amorphophallus titanum |