La "puaseñidad" desde la perspetiva de una tierra plana PDF Imprimir
Escrito por Eddy Gómez Ramírez   
Jueves 17 de Marzo de 2011 07:51

Hace ya varios años que comencé mi contacto con los “puaseños”. Al inicio me parecieron simpáticos y dicharacheros, como la mayoría de los habitantes de los pueblitos intermontanos de la región occidental de nuestro Valle Central. Conforme fui conociéndolos mejor, noté en ellos algo que los caracteriza: un gran arraigo a su pueblo, un deseo insuperable de vivir (y morir) en Poás. Fue un sentimiento que primero me pareció divertido, luego me generó lástima – ¿para qué quieren vivir en un lugar donde no pasa nada, donde toda la actividad social se da en el parque, ese que está al frente de la Iglesia Católica? – hoy, quince años después, ese sentimiento me da envidia.

Con sorna he contado como los habitantes de Poás creen vivir en el último reducto del Paraíso Terrenal, en el idílico Tangamandapio de Jaimito el Cartero. Pero al parecer sí es así el lugar, o al menos así lo sienten sus orgullosos habitantes, ¡qué envidia!

Yo dejé mi tierra atrás, sin saber cuándo las Moiras me permitirán regresar a compartir con mis seres queridos, que cada vez son más lejanos por la falta de contacto. Dejé mis muertos allá, en un pueblo plano, ese mismo que por ahí de octubre siempre se inunda. Un pueblo invadido por la desidia de sus habitantes. Ahí tampoco pasa nada y cuando pasa algo a nadie le importa. La posibilidad de caminar tranquilamente por las calles a altas horas de la noche ya no existe, así como tampoco es posible sentarse en el parque a conversar o a comerse un helado. Las casas “bonitas” son las que parecen fortalezas, rodeadas de horrorosos alambrados infranqueables.

Es cierto que la problemática social de un pueblo bajureño-costero jamás será igual que la de un sitio asfixiado por montañas, pero sí compartimos el hecho de ir perdiendo la tranquilidad. En mi pueblo empezó desde hace tiempo y a Poás le está sucediendo ahora. El temprano inicio de esa reacción quizás les permita hacerla más lenta ya que no sabemos si se podrá detener, pero aun tienen tiempo. De qué sirve vanagloriarse de un pueblo apacible, heredado como tal, si las generaciones actuales no lo cuidan, dejan en manos de las autoridades (pasajeras por cierto) lo que debería ser la obligación de todos.

Cuando escucho a un grupo de poaseños hablar de las bellezas de su pueblo y al recordar que tienen razón, siempre les contesto que si ese sitio fuera plano yo tampoco desearía salir de ahí. Me parece necesario que tanta belleza deba cuidarse. Han tenido un buen inicio, es un despertar, pero falta más, todos los que ahí habitan deben reaccionar y defender ese enclave de tranquilidad para que, durante los años venideros, sigan “rajando” con vivir en un lugar tan bonito que hasta da gusto morir ahí.

 

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