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¿Qué más puede decirse de Joan Manuel Serrat? Tanta tinta que ha corrido bajo ese puente. Famoso, talentoso, exitoso, guapo, querido y respetado. Un hombre que lo tiene todo. Él mismo lo ilustra mejor “empecé a cantar porque me era más fácil que las mujeres se dejaran tocar el culo” cuando lo hacía.
Con poco más de veinte años había escrito canciones con una sensibilidad tan particular, propia de alguien mucho mayor. Una inquietud artística, heredera legítima de la chanson francesa. Y gracias a ella, se nos permite ir marcha atrás para conocer las influencias de su obra; una obra auténtica. Más de 450 canciones originales (y ninguna se parece a otra) escritas en castellano y en catalán principalmente. Canciones versionadas por una prestigiosa constelación de estrellas: Ana Belén, Miguel Ríos, Víctor Manuel, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Mercedes Sosa, Rosario, Sole Giménez, Joaquín Sabina, Nana Mouskouri, Francesco Guccini, Joan Baez, Alejandro Sanz, Mina Mazzini y un extensísimo etcétera. ¡Incontables han compartido el escenario con él! Muchos de ellos son sus amigos.
Las grabaciones de sus presentaciones en vivo, no transmiten en su justa dimensión uno de los aspectos más esenciales de Serrat: su magnetismo. Un poderoso imán que vibra dentro de su pecho y que le sale por la garganta. Todos callan, es Serrat el que canta, así captura a su público. Es algo muy difícil de describir, pero uno siente que, con la salida de su voz, se le sale el alma.
Era el símbolo de la juventud de finales de los sesenta. El defensor de la libertad en los setenta. El enemigo de las dictaduras en los ochenta. La voz de los olvidados en los noventa. El astro que no sucumbe a las reglas del mercado en los dos miles. Y todos ellos todo el tiempo durante medio siglo. Ya era famoso cuando yo nací, en el mismo año en que se editó Mediterráneo y en el que se musicalizó por primera vez los versos de Miguel Hernández.
De poeta sigue Serrat teniendo bastante. El mismo define su oficio como “hacer canciones con una intención poética”. Retratando situaciones, personajes y sentimientos que parecen eternos y que, a la luz de los años, tienen algo nuevo que decirnos en cada época. Yo no entendía lo mismo de “Lucía” cuando tenía diez, veinte o treinta años, que lo que entiendo ahora. Una canción que se renueva indica que su texto es lo suficientemente plástico como para permitir varias lecturas, cada una dependiente de la experiencia personal y del estado emocional del momento.
Ya han pasado cuatro años desde su última visita a Costa Rica. En ese transcurso se tomó la desafortunada decisión de no presentar en nuestro país “Dos pájaros de un tiro” junto a Sabina. Me gusta imaginar que Serrat ahora aceptó hacer tres conciertos en compensación por ello. Vino con un disco de excelsas canciones que arropan las poesías de un viejo conocido de su música: Miguel Hernández. Este poeta fue un verdadero genio, que creció entre cabras y no entre libros, toda su vida fue cuesta arriba y murió en una cárcel repudiado por la dictadura. La primera vez que Serrat lo cantó, fue un desafío al poder. Cuarenta años después se da cuenta que siguen vigentes sus versos, que el mundo no ha progresado tanto como para que el dolor, la muerte, la injusticia, la represión y la explotación, sean un vil recuerdo. El 2010 fue el año “hernandiano” porque el 30 de octubre del 2010 se cumplía un siglo de su nacimiento. Excelente oportunidad, por tanto, para desempolvar un disco y dejar la piel en otro. Las entradas se agotaron desde la primera semana de diciembre. Se programa otro concierto y nuevamente se agotan las entradas. Finalmente se anuncia que la Municipalidad de San José cubrirá los costos para que haya un concierto gratuito.
El viernes 25 de febrero fui con amigos, varios poaseños. Nos sentamos en primera fila. La emoción empezó desde la mañana y era insoportable en la espera a la puerta del teatro. Era el encuentro con el admirado maestro. Su voz salió recitando primero que él, recitando y luego cantando con los acordes de “Llegó con tres heridas”. A partir de allí nunca cesaron las lágrimas. La mitad del concierto estuvo dedicada exclusivamente a Miguel Hernández. La segunda mitad, a esas otras inmortales canciones de su repertorio habitual. En un mágico momento, durante Mediterráneo, mi cámara se cayó en el escenario, sin pensarlo más, brinqué la baranda y la recogí. Al volver, Serrat me dirigió la palabra. Ni siquiera puedo recordar qué dijo, tuvieron que repetírmelo. Paralizado en la silla le señalé la cámara y algo dijo más y me convertí en un minúsculo chorro de agua que se filtró entre la silla. Ni en mis sueños más húmedos me imaginé interaccionar ese efímero instante con él. Y se repitió. Con eso tuve para saber cómo se sentían las quinceañeras que corrían detrás de los Beatles.
El sábado 26 de febrero, debido a mi exiguo presupuesto, tuve que resignarme a ir a los altos y baratos pisos del teatro Melico Salazar. Era el mismo espectáculo del día anterior, pero para mí fue como si lo viera por primera vez. Ahora pude apreciar a los músicos, el juego de luces, las proyecciones… en fin, la calidad de un espectáculo artístico de altísimo nivel. El repertorio idéntico pero con Lucía en vez de Penélope. Y Serrat, tan risueño y conversador como el día antes.
La locura llegó el domingo. Esta vez eran más los poaseños entre las veinte mil personas en la Sabana. Puede parecer exagerado pero es muy probable. El repertorio, fue cambiado para incluir más de sus canciones de los discos anteriores y menos de las de su nuevo disco. Gente de todas las edades, de los cuatro a los ochenta años. Un público de pie, ¡cuánta energía! dijo él, así que no desmereció como si dijera “ahora que canto si el otro canta y siento bullir la sangre”. Y con su propia mano, del pecho se sacó su corazón y lo lanzó y todos tomamos una parte de él. Ese público extraordinario que cantó, cantó y cantó, que vitoreó, saltó, lloró, bailó, suspiró, saboreó y se extasió en su bendita música.
Serrat a la tercera potencia es algo muy muy grande. ¡Cómo vuelve uno al mundo real después de tres noches en el templo de Apolo con esas musas que siempre están de vacaciones con Serrat! Como allí lo dijo un chiquito de cuatro años “Grande Maestro”. Hasta la próxima.
Jairo García Céspedes
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