El viernes 1° de diciembre del 2006 se presentó, en el anti-acústico Palacio de los deportes, uno de los más grandes de la música: el granadino Miguel Ríos.
A su edad, se movía mejor que muchos adolescentes y desbordó talento, energía, carisma y mucha muchísima música: "salgan de aquí y digan que fue el mejor concierto, aunque no sea cierto, aunque el tipo parecía de noventa y cuatro y solo tiene sesenta y dos".
El concierto no fue el llenazo esperado, pero no faltó nadie porque los presentes gritaron a más no poder. El principal lunar de la noche fue lo tarde que los organizadores empezaron el concierto. A las ocho y quince iniciaron los teloneros ticos de "Amigos Íntimos" que hicieron una presentación memorable con canciones a la altura de la ocasión, en las cuales se destaca la sátira política. Seguidamente un concurso de los patrocinadores retrasó la entrada del español hasta pasadas las nueve de la noche.
El recibimiento fue caluroso y el papá de los tomates del rock en español comenzó con una de las canciones de su nuevo disco "Miguel Ríos 60mp3". Lamenté no haber contado con ese disco desde antes porque las canciones que escuché tienen letras estupendas y la música es encantadora, sobre todo "Sin ti". Como es usual en sus presentaciones la segunda canción fue "Bienvenidos", mítico tema del concierto más legendario del rock en español "Rock and Ríos". En otro de los mejores momentos, Miguel Ríos cantó una canción en contra de la guerra, se gritaron consignas contra Bush y contra el imperialismo yanqui, en protesta por los seiscientos mil muertos iraquíes en una "guerra innecesaria".
A diferencia del inusual concierto de Joaquín Sabina, el sonido estuvo mucho mejor, pero los que pagamos entradas baratas no estábamos a los pies del astro de la música. Por el contrario, al frente estaban los VIP, gente que fácilmente no se va a desgalillar ni a gritar hasta morir. Miguel Ríos notó eso desde el principio. No obstante, un afortunado veinteañero que se sabía hasta los pasos de baile de Miguel, en solitario comenzó a bailar y a cantar TODAS las canciones, algo así como yo con Serrat. Miguel Ríos lo apoyó y le dijo a los sentados "señor, a usted le regalaron la entrada, porque si la hubiera pagado estaría gritando".
Miguel Ríos tomó entonces la iniciativa y demostró entonces por qué es uno de los grandes, por qué forma parte de esa constelación de estrellas que está por encima de la moda y que cada año tiene más seguidores. Porque no envejecen ni él ni su música, porque no se ha entregado a las presiones comerciales, porque canta mejor en vivo que en los discos, porque se quita la piel y entrega el corazón en el escenario y, lo mejor, porque contagia al público. Su ejecución es de tal calidad, que uno lo siente al respirar y respira al unísono con él, su poderosa garganta impresiona y su voz se escucha en el alma. Pero ¡qué voz! Como muy pocos Miguel Ríos puede gritar y aún oírse bien. La ínclita banda que lo acompañó merece más de un aplauso.
La quintaesencia del rock en español, con una simpatía y una humildad inusuales en los famosos, improvisó en varias ocasiones y dejó muy claro que le encanta Costa Rica y que somos un público "de puta madre". Después de "Santa Lucía", nadie más volvió a sentarse y la marea humana se movió al ritmo de su música: "Niños eléctricos", "Año 2000", "Sábado a la noche", "Sueño espacial", "No estás sola", "El blues del autobús" y "Todo a pulmón".
La gran faltante fue "Directo al corazón", otras canciones que se extrañaron fueron "Mientras el cuerpo aguante", "Banzai", "Corazones rotos", "Oda a a la tristeza" (con letra de Pablo Neruda) y las versiones de los clásicos del rock and roll de los sesentas. Debo destacar que Miguel Ríos escribe y compone muchas de sus canciones y que otras se las han escrito algunos de los mejores compositores de la trova mundial: Sabina, Serrat, Víctor Manuel. En sus letras se combina el activismo, las luchas sociales y la rebeldía junto con la poesía, el amor, la juventud eterna y la reinvidicación de la libertad y lucha contra la vejación humana. No son canciones inocentes: "la máquina que manda escupe esta canción".
Es la tercera vez que veo a Miguel Ríos en concierto, primero en el excelso "El gusto es nuestro" de 1997 junto a la crema y nata de la canción española. Hace siete años con "Big Band Ríos" cuando reunió una banda con músicos nacionales y tocó, al mejor estilo del jazz, sus inmortales canciones. El recién concierto fue para cortarse las venas.
Lo mejor quedó para los últimos momentos. Después de dos horas y media, nadie quería dejarlo ir: "oee oee oee Miguel Miguel" "otra, otra" y él complació a su gente. Pero siempre hay un final y este llegaría con una de las canciones más bellas jamás escritas: "El blues de la soledad", que Miguel canta como nadie y les aseguro que nadie la coreó como yo: "al lugar donde has sido feliz es mejor que no trates nunca de regresar". A una presentación con Miguel Ríos si se es feliz y si hay que regresar.
El concierto terminó con una magistral ejecución de la archifamosa versión del "Himno a la alegría" de Beethoven y con otra destrucción más de mis cuerdas vocales.
Y ahora tengo que recuperarme para el concierto de los "dos jefes S&S" del próximo año.