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Mamá me puso los zapatos. Siempre hablándome de que no es como antes, pero aún es hermoso. Siempre en ésta fecha se estrenaba ropa, había regalos y mamá me sacaba la ropa nueva para que me la pusiera. Todo era una fiesta enorme que iluminaba los ojos de los poaseños. Era un día esperado por casi todos.
Para empezar, era feriado, algo enormemente satisfactorio para un niño en edad escolar, solo con eso era perfecto para mi conciencia de siete años, pero se le agregaban muchos detalles hermosos que lo hacían el tercer mejor día del año (para un niño, la navidad y su cumpleaños son los dos líderes del podio).
Recuerdo a mi mamá y a mis tías haciendo picadillo de arracache y palmeando tortillas en la casa de mi abuela. Recuerdo a mi abuelo salir enormemente satisfecho y emocionado a mirar la pólvora diurna que anunciaba el inicio de la fiesta. Recuerdo las campanas de la iglesia de San Pedro resonar su dulce eco de fiesta una y otra vez, aquel sonido que alcanzaba los lugares más remotos del distrito poaseño. Sin duda, era el Día de San Pedro. Era el día de la fiesta poaseña.
Ir al parque, montarse en los carruseles, toparse a los compañeros de la escuela mostrando su ropa nueva, sus tenis nuevas. Siempre pasar por fuera de la famosa gringa (cantina de turno) y disfrutar del algodón de azúcar o de un copo con leche para aliviar el calor del sol y del sofocante hacinamiento de tanta gente junta, celebrando. Sin duda alguna, era el día de San Pedro.
Dos estallidos en el aíre, gritos por todo lado. Era el inicio de la fanfarria, salían los payasos (mascaradas en poaseño) y los niños más pequeños lloraban mientras los más grandes corríamos alrededor esperando que nos golpearan con sus cabezas. Sin duda era el día de San Pedro.
Hoy, ya no tengo siete. Hoy ya no hay gritos ni fanfarrias. Hoy tan solo hay un poco de chinamos en el parque, sin gente. Los muchachos del colegio tuvieron que estudiar hoy, los de la escuela también. Ya nadie estrena ropa. Ya nadie dice qué hermoso. Ya mi abuelo no sale a ver las bombetas que anuncian el inicio de la celebración porque su sonido está ausente. Las campanas de la iglesia hoy sonaron tristes. Hoy, a pesar de ser 29 de junio, no es el día de San Pedro. O al menos no es la celebración que se recordaba.
El pueblo ya no es el mismo, sus raíces se han olvidado. Hoy los jóvenes no prueban el picadillo de arracache porque lo cambiaron por una Macamburguesa. Ya no salen el día de San Pedro, porque los que no se avergüenzan, tienen que estudiar.
Ya se está perdiendo la identidad de nuestras tierras. Quién sabe, quizá el 31 de octubre si hagan fiestas y se celebra más una fiesta extranjera que nuestro día de San Pedro. Solo falta que el 4 de Julio suenen bombetas y se celebra más lo extranjero y que no es nuestro, que el hermoso día de San Pedro.
Hoy, no es el día de San Pedro para mí. |