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Una nutrida comitiva de poaseños se hizo presente en el concierto del maestro trovador Joaquín Sabina el pasado ocho de noviembre en el Palacio de los deportes. El grupo estaba constituido por inadaptados, ateos, desalmados, atorrantes… en fin una manada “guiris bolingas taquimecas con pinta de buena persona”. Durante las largas horas de fila, los poaseños se lucieron cantando a capella fragmentos de las canciones y pronto la fila entera cantaba a una sola voz “Borja, corazón te lo he dicho cienes y cienes de veces”.
Una vez dentro del recinto, era cuestión de tiempo para que el genial Sabina apareciese. Sin embargo un paréntesis se abrió cuando ingresó el presidente de la república, momento propicio para mostrar el repudio al TLC de la inmensa mayoría de los presentes. Si bien, el proselitismo en contra del TLC me parece bien y en el clima de división y represión actual, era una oportunidad de oro para decirle en la cara al político que la mayoría está en contra, si me parece mal haberle pedido que se fuera: también Oscar Arias tiene derecho a disfrutar de Sabina. La escena se repitió cuando el mismo Sabina le dio la bienvenida al presidente. Me cuesta creer que a los derechistas les guste la trova zurda pero Sabina mismo ya nos dio la repuesta. “habrá gente pa’ to’o”.
Ahora sí, a lo que veníamos. El concierto consistió en dos horas y resto de un espectáculo onírico, muy parecido a lo que se oye en “Nos sobran los motivos” entre el acústico y el eléctrico, entre la trova y el rock, entre lágrimas y risas. Para poner los puntos sobre las íes, el sonido estuvo malo. La voz de Sabina estuvo mejor que la que se oye en ese disco “tengo la costumbre de resucitar”. Pero los compañeros de Sabina: Olga, Antonio y “Panchito” Varona, sencillamente estuvieron perfectos.
Frente a un fondo marino, con el barco insumergible en un cielo estrellado y algunos rascacielos, se escucharon los primeros acordes, los más fiebres ya teníamos la piel de gallina: “A las peligrosas rubias de bote”. Luego le dio las gracias a Costa Rica con una improvisación parnásica y dijo que usaba sombrero “para podérmelo quitar” en alusión al coro de “quiero mudarme hace años al barrio de la alegría”.
Como siempre, cambió ligeramente algunas letras, se acercó a la gente, interactuó con todos, cada uno sintió que cantaba “solo para mí”. ¡Cómo explicar lo que se siente cuando Olga Román cantó sola para dar paso al himno “y me envenenan los besos que voy dando”! Es allí donde la emoción da pa’tanto y uno “cree que hay Dios”. Muchos usaron sus teléfonos para que los desafortunados ausentes escucharon los sublimes compases. Luego el rosario que se desgranó hizo brotar lágrimas por doquier: “morirme contigo si te matas”, “en mi casa no hay nada prohibido”, “cómo pudo sucederme a mí”, “y le hablo de esa amante inoportuna que se llama soledad”. Este es el Sabina mágico, el poeta, el que invoca las musas, el que conjuga la poesía y la música como escasos artistas. El Sabina que toca el corazón al cantar sin caer ni una vez en la cursilería, el de “la más señora de todas las putas, la más puta de todas las señoras”.
¡Cómo hay quien guste del sentimentalismo fácil y barato del pop convencional luego de escuchar estos versos! Es difícil explicar que es lo que atrae de Sabina. En una carrera tan amplia hay para todos los gustos. Que es sibarita, crápula, porrero, ácrata y no lo soportan las mentes emasculadas, no lo explica todo. Es feo “con pinta de faquir” y no canta bien (“aplaudan a Olga, ustedes pagaron para oír cantar a alguien que sepa”, “como fumo demasiado mi voz se empieza a quebrar”, “por las arrugas de mi voz”). En una cultura mediática dominada por la imagen este majo volcado a los excesos, sin un pelo en la lengua, no es de este mundo. Cada quien que lo explique a su manera.
Pero faltaba parte de lo mejor, el Sabina que se codea con el rock, el rap, con la rumba, con la ranchera: “levante mi vaso a tu mala salud y te invite a brindar”, “tuvo la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda muy corta”, “siempre que me confieso me doy la absolución”, “que no te vendan amor sin espinas”, “las amarguras no son amargas” (con vivas para “la más cojonuda de las ticas”). “Resumiendo” y “Pájaros de Portugal” fueron las nuevas canciones que vienen en el disco Alivio de luto. Otras canciones fueron “Como un dolor de muelas”, “Siete crisantemos”, “Ruido”, “Ahora qué”, “Mentiras piadosas” y “Princesa”.
Sabina nos regaló unas sorpresas: el guitarrista del Mago de Oz, “Marilyn Monroe” de Manolo Tena, “Llueve sobre mojado” y algo excepcional: “El blues de la soledad”, una de las canciones más hermosas jamás escritas, Sabina mismo aclaró que solo la habían cantado en Costa Rica pero sabemos que la cantaron juntos él, Antonio García de Diego y el mismísimo don Miguel Ríos en Granada.
Personalmente, creo que la canción más aburrida de Sabina es “El Pirata cojo”, muy por debajo de Pobre Cristina, la gran faltante de la noche. ¿Cuáles canciones faltaron? Peces de ciudad, A la orilla de la chimenea, Donde habita el olvido, Mi primo el Nano, Con un par, Pero qué hermosas eran, Esta boca es mía, Tan joven y tan viejo, Yo quiero ser una chica Almodóvar, Cuernos, Con la frente marchita, El capitán de su calle, Viridiana, A la sombra de un león, Doble vida, No sopor… no sopor…, El blues de lo que pasa en mi escalera, Barbie superstar, Como te digo una co te digo la o… en fin otro concierto.
El delirium tremens terminó, “hubo tanto ruido que no escucharon el final” y para cantar con la garganta destrozada “hay que tenerlos como Torrente… cuadrados”. Entonces “nos dieron las diez y las once” y complacidos afónicos y algunos afásicos y deshidratados, volvimos a nuestro pueblo exultantes, con la sensación de “comernos el mundo y fue la vida y se los merendó” tarareando agónicamente, como quien sale de una resaca “no vivas como vivo yo”.
Jairo García Céspedes.
Publicado el 9 de noviembre del 2006
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