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¿Qué tan seguros nos sentíamos en nuestro pueblo hace diez años? ¿Que tan seguros nos sentimos hoy?
Las cosas definitivamente han cambiado. Solamente esta semana asesinaron a sangre fría a un vecino de San Rafael de Poás. Un señor tan especial y tan común como cualquiera de nosotros. Ya no un nombre y una cara cualquieras en una página de periódico sino un miembro de la comunidad, alguien conocido, uno de esos rostros de siempre que ya no estará más. Don Uriel Soto.
De más esta decir lo poco que vale una vida humana para estos hampones. Ya no podemos estar tranquilos esperando que se ensañen contra los acaudalados buscando botines de cantidades rimbombantes, basta un bonito teléfono celular o una cantidad cualquiera en efectivo para convertirse en víctima.
No hace poco el Programa para el Desarrollo Humano de las Naciones Unidas (PNUD) nos mencionaba como el cantón más seguro del país. Menciones aparte, los ciudadanos de la tácitamente autoproclamada República Independiente de Poás nos sentíamos inmunes a los temores que aquejaban al resto de habitantes de Costa Rica.
Pero da la impresión de que si a la realidad le cerramos la puerta termina por entrar por la ventana y golpearnos directo en la cara. Basta bajarse del autobús y que alguien nos diga: “Vio, asaltaron a …”, “Mataron a…”, y en un par de segundos se derrumba sobre nuestras cabezas la cúpula imaginaria que colectivamente construimos para protegernos del exterior. Todos nuestros temores se materializan.
Ya no se siente tan normal mantener la puerta abierta, ya no conocemos a todos los del pueblo, ya las personas no saludan al pasar.
Cabe decir que este sigue siendo un lugar envidiable para vivir. Pero la tranquilidad perdida es muy difícil de recuperar. Quizás nuestra ingenuidad ante la nueva y más amarga realidad nacional sea nuestra peor enemiga. Pero olvidarnos del saludo, de la puerta abierta y del vecino no parecen concordar con el ser Poaseño. Ha sido un año difícil para este pueblo, que se intenta recuperar de heridas profundas, la inseguridad es uno más de los retos que acechan el horizonte.
En la balanza, quizás, como todo niño que está creciendo y ante la imposibilidad de seguir siendo niños por siempre, nuestra única opción sea intentar perder solo la cantidad exacta de inocencia, tanta que nos permita madurar y tan poca que aun nos quede suficiente de lo que somos.
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