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Ahí me encontraba yo, ascendiendo. Mientras subía, podía observar la hermosura del valle, los campos adornados por las lecherías de Poasito, dirigir mi mirada por el pueblo que lleva el nombre del gigante que me esperaba y al fondo el resto de las ciudades que por ahora me son poco importantes. El aíre me recargaba, como si su pureza lograra limpiar el asfixiante monóxido de carbono de mi cuerpo. La majestuosidad se acercaba y como si el cielo se hubiera congraciado conmigo se abrió para que pudiera ver el sol mientras ascendía.
La frescura más bien me era cálida. No era la primera vez que hacía ese recorrido, pero si era la primera vez que descubría los detalles del paraje. No era la primera vez que respiraba la frescura de ese aíre, pero si era la primera vez que sentía el analgésico al dolor de cabeza que causa el afán de la época. Sin dudarlo me di cuenta que este vez iba a ser diferente.
Hubiera deseado haber podido subir caminando. Quizá el cansancio me hubiera vencido sin haber podido llegar, pero deseaba que fuera la caminata anual que se realiza en la zona, para así, junto con otros redescubridores, poder comentar la sensación de redescubrir lo que vemos. Pero tuve que soportar estar sentado en una carreta de metal. Al menos su velocidad me regalaba una fuerte dosis del aire que gobernaba el ascenso.
En ocasiones lograba observar como el sol se perdía entre la vegetación que rodea la carretera y como de nuevo regresaba el cálido color naranja que lo pinta a las dos de la tarde. Ese sol, que tantas tardes ha iluminado al imponente, me saludó regalándome una premonición de lo que me esperaba.
Tuve que controlar mi impaciencia en los trámites obvios para poder entrar al parque, además odiaba la idea de tener que estacionar la carreta de metal, ya que si viajáramos al ritmo andar de las dos piernas sería más relajado y hermoso. Logré vencer la impaciencia y luego de unos segundos perdidos logré perderme en el sonido. Era el canto de un ave, mis ojos se perdieron por todos los ángulos posibles, pero como si fuera un capricho solamente me permitió deleitarme con su sonido y me privó de su imagen. Le rogué al cielo que el cráter no me tuviera igual trato.
Por fin mis piernas pudieron ser libres y trazar con mis pasos huellas sobre el asfalto que guía el camino hacía el cráter. Ese trayecto me perdió, era como un niño descubriendo cosas, pero yo no descubría, yo redescubría. La vegetación me robaba la atención, o en realidad no sé si simplemente yo se la regalaba. La llamada sombrilla de pobre era el deleite de mis ojos, pero el cielo me robaba ojeadas, ya que su celeste intenso se dejaba ver de vez en vez detrás de una cortina blanca, hermosa. Sin duda alguna esta vez era distinto.
Por fin llegué al cráter y como si supiera que un redescubridor había llegado se lució con sus mejores galas, pero en parte me mostró su timidez, dejando un lado del cráter cubierto por una columna de vapor que emanaba la laguna. El turquesa de sus aguas ha mudado a un verde grisáceo, pero de igual forma me mantenida tomado del cuello su hermosura. Redescubrí su imponencia, pero a la vez su humildad. Tan altivo de ojos, pero tan tierno, como si le regresara el cariño de un pueblo que le debe el nombre. Como si sus sentimientos de verdad hubieran florecido como lo hizo cuando vio al Rualdo sacrificarse por la hermosa aborigen votos.
¿A caso te ha dado sentimientos aquel sacrificio, oh gigante?
Es una pregunta que me palpitaba en la mente. Pero a veces se me olvidaba pensar, porque el helado viento del norte me golpeaba el rostro y en un acto de placer me detenía para poder aprovechar esas abofeteadas por las que tanto pagarían los millonarios cosmopolitas. Descubrí, la dulzura del Poás. Un afecto por sus visitantes, una calidez acogedora, a pesar del frío de su hogar.
Escuchaba un susurro, no sé si era el viento. ¿Acaso eras tú volcán? Sentí algo de emoción. Sentía que algo me susurraba al oído. No sé la verdad si habrá sido el volcán, o si la musa que me inspira fue inspirada por el coloso, pero en mis oídos llegó la brisa de la inspiración y nació una escena, una historia donde el volcán es un personaje de ella. ¿A caso me inspiraste a escribir una novela?
De pronto, como si fuera una obra de teatro que termina, el telón de nubes anunció el fin de la función, el actor, ese personaje principal tenía que descansar o quizá era parte de su imponencia, parte de su orgullo. Esa obra se repetiría, pero no había horario, iniciaba y terminaba cuando al actor se le ocurriera. Su orgullo, algo caprichoso, me encantaba. Era otra cosa, que redescubrí del Poás.
Sin duda alguna, esta vez fue diferente.
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