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Decenas de poaseños asistieron a los conciertos que el cantautor catalán Joan Manuel Serrat realizó en marzo del 2007. Aquí algunos comentarios.
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Concierto en Ojo de Agua Domingo 4 de marzo, 6 p.m.
Jairo García Céspedes. Lunes 5 de marzo del 2007
Al fin de nuevo juntos, Serrat, Costa Rica y yo. Después de un viaje de varios años, durante los cuales Serrat pasó por conciertos rockanrroleros (El Gusto es Nuestro), con orquesta sinfónica (Serrat Sinfónico) y experimentales (Tarrés-Serrat), vuelve el último de los trovadores con la mayor pureza posible: Serrat 100x100. A mí me gusta más que se hubiera llamado “Serrat esencial” porque era solo eso: Serrat, su guitarra, el piano de Ricard Miralles y el hechizo de sus canciones.
Aunque siempre lo analizo nunca encuentro una explicación satisfactoria: cómo es posible que un ácrata como Joan Manuel Serrat aglutine a un público tan heterogéneo que va desde la izquierda hasta la derecha, de lo conservador a lo progresista, de lo formal a lo espontáneo, de la fe al escepticismo y de la juventud a la madurez. Es increíble ver a niños de cinco años cuando unen sus voces a las de sus emocionados padres que gritan como adolescentes, para cantar las canciones más bellas jamás escritas.
Cinco mil personas nos reunimos en Ojo de Agua para el concierto inaugural del sitio y ¡qué manera! con Serrat. Muchos incrédulos no se imaginaron que el lugar le sentaría bien al cantautor: buen sonido, una noche espléndida y fresca y “una luna llena que arañaba el mar”. Si, los eclipses anuncian buenas nuevas y el del sábado trajo al genial maestro al Teatro Nacional que estuvo repleto de gente ansiosa por escuchar su nuevo disco en la lengua catalana: “Mô”. Las entradas se agotaron desde hacía días e infortunadamente yo, el más fiel de los serratianos, se quedó sin ellas.
Por dicha el domingo 4 de marzo, a partir de las seis de la tarde, había algo reservado para un público distinto: un concierto teñido de sencillez y marcado por una perfecta comunicación musical. Serrat hizo un repaso por lo mejor de su discografía y encantó con su talento, su simpatía y sus anécdotas. Se dejó que decir que “esto parece Woodstock” y contó con ingenio que le habían hecho sentir como si fuese un cantante brasileño que cantaba y mientras que el público repetía el estribillo se tomaba unos tragos para seguir cantando, por lo que “siempre quise ser como él y ustedes hoy me han hecho sentir así”.
A pesar de la histeria, el silencio se imponía con los acordes de su guitarra y así se desgranaron “Para la libertad”, “Disculpe el señor”, “Esos locos bajitos”. Sin batería, sin más acompañamientos, en la más pura esencia de la trova (como Brel), nos regaló “Penélope”, “Es caprichoso el azar”, “De vez en cuando la vida”, “Me gusta todo de ti”, “y a mí también” gritó una señora de mediana edad. Costa Rica se rindió a sus pies sin necesidad de exhibición de carne contoneante, sin pólvora ni pantallas gigantes y sin “hits de moda”. Pero, qué se entiende por moda cuando se hablan de canciones con unas cuatro décadas de estar en la memoria popular de Latinoamérica, tales como la inmortal “Mediterráneo” y la sempiterna “Cantares”, himnos que el público coreó con los pulmones, con el corazón y con las lágrimas.
¡Cuánto me han acompañado estas canciones! Mi tía adora a Serrat desde que ambos eran jóvenes y me transmitió ese buen gusto. Allí, entre el público, bailó entregada a su voz, fue joven de nuevo y cantó “Aquellas pequeñas cosas”, la impecable letra que convierte a Serrat en un poeta y que “nos hace que lloremos cuando nadie nos ve”, pero enfrente de todos se lloró. Serrat he hecho más por la poesía que muchos académicos. Puso música a Machado, León Felipe, Mario Benedetti, Papasseit, Hernández. Serrat es el más poeta de los cantantes y el más cantante de los poetas.
Otro de los aciertos de Serrat es que nunca se ha repetido y siempre se ha mantenido fiel a sus principios, pero se aventura. Es un reto analizar sus canciones tanto letrística como musicalmente. Aunque ya había encontrado la fórmula del éxito con el álbum “Mediterráneo”, no se quedó allí, sus canciones maduraron con él. Canciones nunca estáticas que Serrat dinamiza tal como en “No hago otra cosa que pensar en ti” cuando se dio el gusto de improvisar y se divirtió con la ocurrencia y con las risas del público.
El verso “aún tengo la vida” nos recordó a muchos que Serrat viene recuperándose de un cáncer, pero no crean que “encontró un cambio en su vida” ni que “vio la luz”, ¡para nada!, eso se queda para esos cantantes pop que van a la India y regresan “más espirituales” porque “se encontraron a sí mismos”. No, no, eso no cabe aquí. Parodió “¡hermanos!” y se rió y cambió las letras de sus canciones por frases más escatológicas (como en la satírica e hilarante “Yo me manejo bien con todo el mundo)
Habló de sus padres a quienes no cambiaría y sobre todo de su madre “una mujer que se hizo hombre por vocación” para presentar su canción “Si hagués nascut dona (Si hubiera nacido mujer)”, en la que con su ironía jocosa habitual pone el dedo en la llaga y denuncia la discriminación de género y por consiguiente, cualquier otra discriminación, porque este si es “el cantante de la libertad”.
Dos horas de fila y de espera, sol inclemente, calor, una llovizna y viento, no fueron suficientes, porque había más canciones y más poesía: “Menos tu vientre”, “Tu nombre me sabe a yerba”, “Una mujer desnuda y en lo oscuro”, “Pueblo blanco”, “Muñeca rusa”, “Disculpe el señor”. Muchos encendieron sus celulares para que los desafortunados que no estaban allí oyeran las notas de las canciones y lo escucharan “putear” y “poetear” todo en una misma frase.
Rescató a “Señora” del armario y declaró haberla dejado de cantar porque ya él no se veía a sí mismo como el protagonista de la canción, “un soñador de pelo largo”, pero la volvió luego de comprobar que las señoras excesivas (en kilos y en años) interpretan a papeles de jóvenes y delgadas heroínas operísticas que mueren de tuberculosis (como la “Mimí” de La Bohême) en vez de altos triglicéridos.
La multitud y la austeridad musical, en el sentido de la minimización del acompañamiento, le dieron un matiz bien diferente a lo que normalmente se observa en un teatro pequeño. Se notaba a leguas lo cómodo que el cantante estaba entre su gente. Hacia el final del concierto, caí en la cuenta de que las dos horas y media eran muy poco, me debía la excelsa “Sinceramente tuyo”, tampoco cantó “Las malas compañías”, “Cada loco con su tema”, “Vagabundear”, “La saeta”, “Bienaventurados”, “Pendiente de ti”, “Una vieja canción”, “Los macarras de la moral”, “El horizonte”… necesitaría que cante tres o cuatro días más, ¡es que es imposible elegir entre sus cuatro centenas de canciones!
Lamentablemente “se acabó, el sol nos dice que llegó el final”, “Fiesta” marcó el fin del concierto. Pero volvió en los bises con una joya “Lucía”. “¡Otra, otra!” y así no más “Hoy puede ser un gran día” y así lo fue. Y más pedía el público, pero salió a dar las gracias, de lo contrario nadie se hubiera movido del lugar. Un concierto de este calibre es muy difícil de explicar, la interacción con el cantante es única y uno cree que solo canta para uno. Una conexión directa al cerebro y a las vísceras. Un deleite onírico del consciente.
Así con la voz desnuda, en su esencia, Serrat me dejó afónico. Grité antes del concierto (hasta contra el TLC, pero la foto que me tomó un diario nacional lo dice todo), le hice malas caras a la gente que quería escucharlo sentada en el césped a la luz de la luna y a los encopetados que no pudieron pagar el Teatro Nacional, brinqué como un enfermo de malaria, reí, lloré, abrí el pecho y saqué todo lo que pude pues ¡qué le voy a hacer si yo NO nací en el Mediterráneo! pero ustedes si saben donde nací.
Nos vemos a mediados de años con la otra cumbre de la canción de autor, en una yunta irrepetible.
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Concierto en el Teatro Nacional Sábado 3 de marzo, 8 p.m.
Jorge Mario Miranda Murillo. Martes 13 de marzo del 2007
Asistí junto a mi esposa, al Teatro Nacional en compañía de Auxi, al igual sentí que me quedaron debiendo más canciones, que dos horas y algo no fueron suficientes, Aunque nos expusimos a ser abordados por el hampa pues todos los parqueos del centro de la ciudad estaban a reventar y no tuve otra opción que buscar lugar como a 300 mts sur del Banco Popular, no me importó.
Este tipo puso bajo el mismo techo, a los hermanos Arias, a Miguel Angel Rodriguez, a muchos diputados que nos hacen dudar de su amor por la patria, a cantantes de la trova, gente papuda y hasta poaseños. A pesar de tantas lentejuelas, tacones, trajes de casimir, corbatas de seda, abrigos que parecían ser hechos de algún gato angora, perfumes que invadían las narices de los espectadores el tipo se caracterizó por su sobriedad en el vestir y lo grandioso de su música. Cuando habló de cómo era Mo, inevitablemente pensé en lo que puede representar para cada uno de nosotros el lugar donde nacimos. Recién he escuchado a coterráneos que han emigrado diciendo que difícilmente regresarían a “Macondo”.
En fin, lástima que no pude tomarme unos vinos mientras escuchaba a Serrat, un día de estos lo haré en la intimidad de mi casa y con el CD Mediterráneo, mi gran favorito, al que considero como las joyas de la abuela de la música que guardo.
Artículo publicado el 12 de marzo del 2007
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