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Plaza de Ferias, La Guácima, Alajuela. "Me tosté en tus mejillas, como el sol en la tarde…" ¿Cuánto dieran algunos por escribir un verso tan bello y sin una palabra sofisticada? Letras limpias, exquisitas, tan cercanas, recubiertas de merengue, de salsa y, por supuesto, de bachata.
Empezaban los noventa y un dominicano renovaba el panorama de la música tropical. En ese entonces era muy poco lo que valía la pena y más escaso aún lo que trascendió el paso del tiempo. Durante ese reino del terror, la música tropical inteligente era una especie es extinción. Se degradó tanto que en caída libre se precipitó por un abismo de repeticiones, cursilería y mercadotecnia. Era la época de las canciones de tres estrofas, un coro que se repite después de cada una y el cambio de ritmo para repetir una frase cliché ad nauseum. ¡Qué fastidio! La monstruosa mayoría de las canciones tropicales eran confites romanticones ya conocidos y luego hechos salsa en los que el único aporte del "cantante" era la apoteosis in crescendo del empalagoso estribillo y el ensalzamiento con tediosos gritos lacrimógenos de "no me dejes", "te amo" y "me muero sin ti".
De pronto, se escuchó un ritmo renovado, muy tropical, que daban ganas de bailar de cerquita y acicalado con una voz distinta, con una sensualidad fantástica que recitaba "pasar la noche en vela mojado en ti, un pez…". ¡Carajo, cómo hace! Luego saltó a la estratósfera con versos prestados de Neruda "no se si está desnuda o tiene un solo vestido" aderezados con los suyos propios "un espacio de luz que solo llenas tu, ay amor". Así llegaron canciones preciosas que hacían mover hasta las más oxidadas caderas. Definitivamente era la esencia de lo latino, era Juan Luis Guerra y la 4:40. Todos caímos rendidos a sus pies. El éxito fue demasiado y a Costa Rica vino en un concierto emblemático que la gente pagó para poder escuchar en las casas de los alrededores del estadio.
No es que luego no tuviera más éxito. Las canciones de Juan Luis Guerra siempre lo son, solo que ahora no es el cantante de moda. La calidad no ha mermado ni una gota en toda su carrera. Es el cantautor que mejor ha capturado el sabor del Caribe y del cristianismo en una misma canción.
Tardó demasiado en volver a Costa Rica y eso que aquí se le idolatra. Pero volvió y de manera impecable. Naturalmente, la excelsa música y las palabras son lo mejor. A ello se sumó un sonido inmaculado y eso que era al aire libre. Mas fue el despliegue tecnológico el que marcó la diferencia: pantallas gigantescas que mostraron imágenes perfectamente coordinadas con el ritmo musical, las luces y las voces. La sincronía entre el ritmo visual (muchos fractales), del colorido y de la imagen en vivo enfocaron hacia una poderosísima expresividad. Por ejemplo, hacia el final de "Burbujas de amor" las pantallas desplegaron un azul cobalto sobre el que se vieron cientos de burbujas subir, entonces las luces fueron dispersadas en haces concéntricos hacia el público y subieron a la velocidad de las burbujas de la pantalla. El clima se confabuló y la niebla natural se combinó con la niebla artificial, por lo que el efecto global fue espectacular.
Desafortunadamente los últimos frentes fríos aguaron, literalmente, la fiesta. Sin exagerar, había que nadar en el barro, con decir que los zapatos pesaban. Muchos se dieron más de un culazo cuando patinaron al bailar "La bilirrubina" o "El costo de la vida", ni las botas de hule evitaron el resbalón. Claro que da algo de gusto cuando uno ve a "peces gordos" en el mismo charco de uno, pero esto fue poco menos que risible: Lorena Clare estaba sosteniendo a Miguel Ángel para que no se hundiera en el barro (¡No es una ironía!). El barrial estaba "tan revuelto que había ganancia de pescadores" y era fácil colarse para entrar. Había una especulación increíble de precios y la sobreoferta bajó las entradas a precios ridículos. Una ruina, nadie sabía por donde entrar, una feria en realidad. El caos se extendió hasta Alajuela, había presas desde el CUNA hasta el autódromo. Dejé el carro en Ciruelas y desde allí tuve que caminar porque sino no hubiera llegado. El concierto estaba programado para el día anterior y fue suspendido por el clima, que, claro está, tampoco estuvo mejor.
De vuelta a lo bueno. A las ocho empezó a cantar Roberto Núñez, a las ocho y media cantares dos muchachos dominicanos que, al parecer, venían con Guerra. Al ser las 9:20 empezó el concierto. Juan Luis llegó vestido de negro y con camisa blanca.
Se disculpó por la cancelación y agradeció por estar aquí. Luego desgranó sus mejores joyas como un regalo para todos. Lamentablemente a las 10:40 ya estaba despidiéndose, pero vinieron los bises y "otra, otra". Subido en el escenario, solo con su guitarra y con el escenario a oscuras, como un legítimo trovador, cantó esas inolvidables bachatas ("Bachata rosa" y "Estrellitas y duendes"), según avanzó la canción fueron entrando los instrumentos y las imágenes y las luces: todos cantamos con él.
Cantó esa "-salsita cuya inspiración viene de un lugar entre mi esposa y mis dos hijos" y "La avispa" y la "-canción del hombre más poderoso" y "-una canción que hice para que mi esposa baile conmigo porque yo no soy muy gran bailarín y siempre he pensado que a las mujeres les gusta más bailar que a los hombres". Tocaron esas canciones que retratan tan bien la realidad latinoamericana, que muestran gente que pueden ser nuestros propios vecinos y que le dan voz a nuestros pueblos: "A pedir su mano", "Visa para un sueño", "El costo de la vida", "El Niágara en bicicleta", "Ojalá que llueva café". Durante "Ojalá que llueva café", se presentaron imágenes de otros cantantes latinoamericanos combinadas con imágenes de rostros muy caribeños de niños "de una raza encendida negra, blanca y taína" y una paloma se convirtió en la palabra PAZ al final de esta canción "pa' que en Costa Rica no se sufra tanto, ojalá que llueva café en el campo".
Los de 4:40 cantaron "Me enamoro de ella" en un popurrí en el que yo extrañé el clásico "de tu boca, dame más que me provoca". Juan Luis Guerra se fue y me dejó debiendo algunas perlas tales como las conocidas "Como abeja al panal" y "Carta de amor. Trató de despedirse pero el público no lo dejaba irse. Las imágenes virtuales lo mostraron subiendo a un avión y desde el cual se despidió y la gente respondió, el avión despegó y la gente saludó a un avión que sobrevolaba el concierto, ¿fue parte del espectáculo?, claro que no, pero así lo quiso ver el público. Definitivamente valió la pena, aunque algunas pelvis amanecieran resentidas por "La cosquillita": ¡Ulaeh!
¡Oooyeh! |