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Página 1 de 2 Que paso con los índigenas Botos, primeros habitantes de Poás, despúes de la llegada de los españoles.
La identificación entre el catolicismo y la dominación española obligó a los indios a evitar a los evangelizadores para así preservar sus vidas, su libertad, su cultura e identidad como pueblos.
Los Votos o Botos forman un pueblo indígena de Costa Rica, perteneciente a las culturas de la llamada Área Intermedia. Habitaba en la región norte del país, en las faldas de la Cordillera Volcánica Central y las llanuras que se extienden de esa cordillera hacia el lago de Nicaragua. Uno de los volcanes de la cordillera, hoy llamado Poás, se conoció durante mucho tiempo con el nombre de volcán de los Votos.
En 1539, cuando los capitanes Alonso Calero y Diego Machuca de Suazo exploraban el río San Juan, su expedición topó en las márgenes del río Sarapiquí con un pueblo indígena semidestruido, que había sido atacado por los Botos o Votos, pero no hubo contacto con éstos. En 1562, durante el gobierno de Juan Vázquez de Coronado, los Votos, que en esa época tenían una reina, dieron obediencia a la Corona. Según expresó el conquistador que los visitó, fue recibido por la reina, en compañía de su marido, "que manda poco en ellos".
En 1569 fueron incluidos por el gobernador Pero Afán de Ribera y Gómez entre los pueblos ilegalmente repartidos en encomiendas a los españoles. Los Votos fueron distribuidos por partes iguales entre Martín Blázquez y Francisco Magariño, y se señaló como cabeza de la encomienda la ciudad de Aranjuez, en cuya jurisdicción también fueron colocadas las encomiendas de los Catapas, los Corobicíes y Abangares, y de los pueblos de Patica, Uruy, Turriu, Pocoras, Zurrú, Gotane y Cocora.
En 1662, según el gobernador Rodrigo Arias Maldonado y Góngora, el pueblo de los Votos se hallaba en las riberas del río Pocosol (hoy río San Carlos) y tenía unas doscientas familias. Poblaban un lugar llamado Rancho Quemado, a unas treinta leguas de Barva, en una región de ásperas montañas y peligrosos ríos, y no había ningún sacerdote que atendiese sus necesidades espirituales.
A finales del siglo diecisiete, los españoles de Costa Rica ocupaban casi el mismo territorio que habían sometido desde la época de la conquista, cien años atrás.Vastos territorios de las regiones de las Llanuras del Norte, de Talamanca y el Pacífico Sur quedaron al margen del dominio colonial. En las últimas décadas del siglo diecisiete, los frailes misioneros de la Orden de San Francisco comenzaron una campaña de expansión evangelizadora y de fundación de pueblos en Talamanca y el Pacífico Sur, que se prolongó durante buena parte del siglo dieciocho. También fueron organizadas expediciones militares en Cartago, con el fin de capturar indígenas para trasladarlos hacia otras puntos del país. Frente al ingreso de misioneros y soldados en sus territorios, los indígenas adoptaron diversas formas de resistencia al avance hispánico. Fue así como en los años de 1709 y 1761 estallaron rebeliones indígenas en Talamanca y la región del Pacífico Sur, las cuales pusieron freno a los avances misionales.
Al comienzo del siglo XVIII, el área bajo control hispánico era sumamente limitado en la provincia de Costa Rica. El poco dominio ejercido por los colonizadores de origen español, en la mayor parte del territorio del país, era igualmente consecuencia de la escasez de su número.Es probable que el total de habitantes que ocupaban las áreas del ecúmene hispánicono superaran los 10.000 individuos al comenzar el siglo XVIII. Estos se concentrabanen la ciudad capital, Cartago (con setenta casas de adobe y teja en 1719) y sus alrededores(más de trescientas familias que habitaban casas o ranchos de paja en su mayoría). Otro número impreciso de campesinos de origen español habitaba los campos circunvecinos de los poblados indígenas de Curridabat, Aserrí y Barva. Por su parte, los indígenas habitantes de los pueblos de indios, sujetos al pago de tributos, constituían una minoría ya en la segunda década del siglo XVIII, alrededor de 248 familias en 1719. Es importante destacar que en los años previos al arribo de los españoles,a lo que ellos bautizarían como la provincia de Costa Rica, la mayor parte del país se encontraba poblada. Independientemente del grado de densidad de las distintas poblacionesque habitaban en Costa Rica, prácticamente no existían áreas que pudiéramos considerar como “vacías”. Por ello, los territorios que no cayeron bajo control hispánico,se convirtieron en zonas de “refugio”, donde se concentraban las poblaciones indígenas que lograron escapar de la dominación española.
Las regiones al margen de la dominación española
Dos vastos espacios territoriales escaparon del control de los españoles, concentrando el grueso de las poblaciones nativas originales, que lograron conservar su identidad y su modo de vida al margen del patrón establecido por los españoles en el interior del país. El noroeste de los volcanes Barva y Poás y especialmente las llanuras de los ríos Frío, San Carlos y Sarapiquí, constituían uno de los principales territorios donde se concentraba una importante población de indígenas insumisos al poder de los españoles. De manera genérica, éstos denominaban a los habitantes indígenas de esta región con el nombre de “indios Botos” y más tarde “Guatusos”. Probablemente constituían los descendientes de grupos indígenas Botos, Tices, Catapas y otras etnias, entre ellas probablemente los Corobicíes, existentes al momento del arribo de los españoles. En 1640 y posteriormente en 1665, en Cartago fueron organizadas sendas expediciones militares con el fin de ingresar en esta zona para capturar indígenas y traerlos hacia lugares donde se requería mano de obra. Pero, como analizaremos posteriormente, la presencia española fue prácticamente nula en esta región. El segundo “territorio refugio” de indígenas no sujetos a la dominación española era la zona llamada Talamanca, en el sur del país, sin embargo, trataremos de enfocarnos en lo que respecta a los indios Botos.
Las sociedades indígenas dentro y fuera del ecúmene hispánico en Costa Rica en los años finales del siglo XVII Al término del siglo XVII, la encomienda, el sistema de explotación impuesto por los españoles sobre los indígenas desde los inicios de la colonización, se encontraba en crisis como consecuencia del drástico descenso de la población de indígenas sometidos en la región del Valle Central. Por esta razón, en los años finales de esta centuria, desde Cartago se organiza una verdadera cruzada, a fin de lograr someter la región de Talamanca y avanzar en la zona del Pacífico Sur. Por otro lado, la necesidad de emplear mano de obra indígena para organizar la producción de cacao en el Valle de Matina, fue también aliciente para intentar reducir estas poblaciones indígenas.Al final del siglo XVII, en lo que hoy día constituye Costa Rica, coexistían dos sociedades. La española seguía el modelo del resto de las sociedades hispanoamericanas de la época y ocupaba predominantemente el Valle Central y la región del Pacífico central y norte. En estos territorios, las poblaciones indígenas habían sido reducidas y agrupadas en los llamados “pueblos de indios”, cuyos habitantes habían sido sometidos a un rígido control por parte de los españoles, la mayor parte de los cuales se concentraba en la ciudad de Cartago y sus alrededores. Aunque los indígenas contaban con sus propias autoridades locales, éstas estaban supeditadas al poder de las autoridades coloniales. En este sentido habían perdido su control y autonomía de sus antiguas unidades tribales, sin poder de decisión, por lo que su cultura no era ya propiamente indígena sino mestiza, pues en ella se mezclaba lo autóctono y lo español. Pero en definitiva, su modo de vida estaba integrado dentro del sistema hispánico.
Las sociedades indígenas que no habían sido sometidas al poder hispánico, mantenían sistemas de organización política y social semejantes a las existentes antes del arribo de los españoles. No obstante, es probable que hubiesen sufrido una “involución”, social, económica y cultural, en tanto que los cacicazgos anteriores quedaron reducidos en relación a su extensión territorial, el número de sus habitantes y a la división jerárquica existente antes del arribo de los europeos. De allí que durante el período colonial, en los territorios de Talamanca y en los de las llanuras del norte existía una gran fragmentación política. Así, por ejemplo, lo que antes constituía el cacicazgo de Talamanca, quedó fragmentado en pequeñas entidades políticas, que las fuentes documentales mencionan como “naciones”, y que la antropología moderna considera como tribus, es decir, pequeñas rancherías que agrupaban varias grandes familias e independientes políticamente. Los documentos coloniales se refieren a las diversas “naciones” de Talamanca: los Térrabas, Térrebes o Terbis, los Dorasques o Doraces, los Chánguenas o Chánguinas, los Siguas o Mexicanos, los Bribris o Viceítas, los Aoyaques, los Urinamas, los Moyaguas, los Ciruros, los Abacitabas, los Cabécaras, los Ara, los Cureros y los Hebenos, entre otros, no todos ellos claramente identificados.
A pesar de los continuos esfuerzos de los españoles por dominar Talamanca, nunca lograron implantarse de manera definitiva en este territorio. Los autóctonos reaccionaron con todos los medios a su alcance para rechazar al español. Desde la resistencia pasiva de aquellos que momentáneamente aceptaban el sometimiento a los dictados hispánicos, hasta la lucha armada o, como recurso último, la huida hacia las zonas inhóspitas de las montañas. Por esta razón, la región del Caribe Sur constituyó una zona refugio para los autóctonos. De manera similar a cómo las llanuras del Norte sirvieron de refugio a indígenas huidos del centro del país y de otras partes, en Talamanca buscaron protección los indígenas que lograron escapar de la dominación de los hispanos, la que, como afirmaba un fraile en 1763, “juzgan esclavitud”.
A mediados de 1665, con la llegada del nuevo gobernador, Juan López de la Flor, se inició una nueva política para los territorios indígenas insumisos al poder hispánico. En vez de intentar la colonización, este gobernador organizó expediciones con la intención de que ingresaran en estos territorios, para capturar los indígenas que luego serían trasladados hacia Matina con el fin de que trabajaran en el desarrollo de plantaciones de cacao. Una primera expedición integrada por 40 soldados al mando del capitán Diego de Zúñiga, fue enviada, en abril de 1666, en dirección de las llanuras del norte, con el fin de capturar indígenas en estos territorios. Zúñiga y sus hombres ingresaron en los palenques de los indígenas que habitaban en las márgenes del río Sarapiquí, tomando por la fuerza 94 personas que fueron traídas hacia el pueblo de reducción de Atirro el cual había quedado despoblado de sus habitantes originales. Las órdenes que el gobernador dio a este capitán decían: ...“que fuese a los pueblos de Los Votos, San Cristóbal y demás que estuviesen junto al río Sarapiquí, sacase todos los indios e indias con sus familias, los llevase a Cartago, talase todos los platanares, cacahuatales y árboles frutales, quemase los pueblos y ranchos, cerrase los caminos que hubiese para Cartago y Esparza y dejase una vigía con soldados”.
El gobernador también ordenó a Zúñiga que construyese una fortificación en el río Poás, la cual no sabemos si se mantuvo posteriormente.
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