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Acerca de genes, consanguinidad y longevidad de los poaseños PDF Imprimir
Escrito por Jairo García Céspedes   
Martes 06 de Julio de 2010 15:04

susa2Algunas reflexiones en torno al aislacionismo, la consanguinidad y la longevidad de la población del Cantón de Poás y de cómo estos aspectos modifican la concepción que de sí mismos y de los otros, tienen los poaseños.  Debate abierto.

 

Aunque los estudios genéticos de las poblaciones nacionales son escasos y hasta contradictorios, el fenotipo de muchos poaseños, sobretodo el de los que viven en las zonas altas, ha contribuido a cimentar el mito de que nuestro pueblo tiene una altísima incidencia de genes europeos (sobre todo de España, que, contrario al discurso colonialista, es una de las regiones europeas con mayor mestizaje). En Poás vemos muchos rubios con ojos claros y calvos, con aquellas características rosetas en los cachetes. Pero no son los únicos, probablemente ni siquiera sean la mayoría. Para cualquiera que observe, se hace evidente que hay muchísimos vecinos que delatan un orgulloso origen autóctono: cabello grueso y negro, ojos amarillos y lampiños pero no calvos. En mi familia, por ejemplo, tenemos familiares de todos los colores y en todas las combinaciones posibles, tanto que una suegra eslava de una prima se escandalizó con el amplio espectro de colores que exhibíamos y la posibilidad de que un nieto de ella no fuera ario.

Ese discurso racista y xenofóbico, producto de la tendencia a invisibilizar tanto al negro, como al amerindio, debería ser una etapa superada de la humanidad pero lamentablemente no es así. Para vergüenza general, percibo que nuestra pacífica aldea ha sido racista y conservadora. Antes lo indígena se asoció a lo incivilizado y hasta a lo satánico. Lo negro ni siquiera estaba era tomado en cuenta. Ahora, “los otros” (la otredad) lo constituyen los nicaragüenses, de los que reputados católicos, y otros cristianos, impunemente se expresan con asco, de la manera más esnob posible.

La ciencia a veces no parece tan imparcial. En ciertos estudios de genética de poblaciones, se concluye que la mayor proporción de genes europeos se encuentra en el Valle Central, en consonancia con el discurso oficial de la Costa Rica del labriego sencillo. Me queda la duda de si eso es motivo de orgullo o más bien demuestra el racismo de nuestros antepasados que le temían al mestizaje. Afortunadamente, otros estudios refutan esos prejuicios (Sáenz et al. Rev.

Cost. Cienc. Méd. 1986; 7(1):95- 106) y concluyen que por nuestras venas corre sangre tan mezclada como en las de cualquier otro latinoamericano, algo que debe dolerle a muchos de nuestros vecinos.

 

Cuando iniciaba la universidad, el volcán de Poás estaba en un fuerte período eruptivo y las cenizas caían hasta en San Pedro. Mis compañeros josefinos, en son de burla, decían que para saber donde estaba Poás bastaba con buscar un nubarrón desde el aeropuerto.   Además, nos preguntaban si el color de piel, de ojos y de pelo era producto del azufre respirado y que además la lluvia ácida nos dejaba un dejo en el hablado. Con el tiempo confirmé que si, efectivamente, tenemos cierto acento que compartimos con otros habitantes del occidente alajuelense, además de un fenotipo similar.

Los pioneros poaseños salieron de Santa Bárbara de Heredia, ciudad que se precia de su sangre peninsular y transatlántica. En esos estudios también se concluyó otro aspecto que compartimos con los heredianos y es el ser de los pueblos con mayor consanguinidad del país. ¿Cuántos Murillo Murillo, Chaves Chaves o Rodríguez Rodríguez conocen ustedes? Pero si usted les pregunta siempre obtiene la misma respuesta: “ah, es que ellos son de “otros” Herrera”. Hay que aclarar que algunos casos de apellidos repetidos no son debido a la consanguinidad, sino más bien se deben a la costumbre, de hace algunas décadas, de que los hijos naturales repitieran el primer apellido de su madre.

Según Mauricio O. Meléndez Obando en su trabajo “Importancia de la genealogía aplicada a estudios genéticos en Costa Rica” (Rev. Biol. Trop. 52 (3): 423-450, 2004), Poás es una de las poblaciones con mayor presencia de casos de consanguineidad:

“El siguiente ejemplo se refiere a un caso extremo en cuanto a número de impedimentos (n=6), pero relativamente frecuente en la parroquia de Poás de Alajuela, donde muchos compartían las ascendencias por los apellidos Herrera y Murillo. En Poás, provincia de Alajuela, el 13 de agosto de 1888, José Ángel Herrera Murillo, de 26 años, y Mercedes Murillo Murillo, de 19, piden dispensa de seis impedimentos de consanguinidad que los unen”

Esto no querrá decir que somos una especie de Macondo costarricense con incestuosas colitas de cerdo, pero si podría explicar la incidencia de ciertas enfermedades genéticas y orientar que, si hay estudios al respecto, éstos tengan la difusión adecuada y necesaria en nuestra comunidad.

La consanguinidad puede ser explicada con varias razones. La primera es de orden logístico, porque la topografía y, hasta hace pocos años, las dificultades de comunicación, dificultaban la salida regular de la gente. La segunda es una cuestión de idiosincrasia, porque un pueblo aislado desconfía de la gente de otros pueblos. La tercera es una razón patrimonial, para conservar latifundios o herencias enteras (y hasta costumbres), era mejor que la familia se controlada en un mismo núcleo.

No es de extrañar que la sociedad poaseña sea tan conservadora y con una marcada inercia al cambio, si siempre ha estado rodeada de montañas. Todos soñamos con no tener que salir de aquí. La topografía ha enfatizado los sentimientos aislacionistas, segregacionistas y hasta, donde cabe, la “pureza de la raza”. Por eso, los poaseños en general no se van de Poás y son sus consortes los que terminan viviendo dentro del terruño. Como una república independiente.

Otro aspecto destacado de nuestra población, no mencionado con frecuencia, es el de la longevidad. Si la longevidad es una cuestión genética más que producto de factores ambientales o del estilo de vida, es una cuestión que escapa del alcance de este comentario. Sin ser una mancha azul en el mapa de los longevos, como si lo es la Península de Nicoya, nuestra comarca indiscutiblemente ha tenido muchos ejemplos de venerables centenarios y tengo la impresión de que la mayoría han sido mujeres.

Mi bisabuela, María Jesús Ninfa Bonifacia Esfefanía (Susa) Meléndez Campos murió a la respetable edad de 101, completamente lúcida, con los recuerdos claros y con la suficiente fortaleza y el dominio para enojarse porque nos daba risa mientras se rezaba el rosario. Leía – a la luz del sol –, cantaba y guardaba cualquier papelito de colores para usarlo en el portal. Siempre ironizaba porque su esposo, el panteonero Darío Céspedes Salas, había muerto “joven joven” apenas de setenta años, vencido por su mayor placer: el fumado.

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María Jesús Meléndez Campos a sus 95, cuando Calderón Fournier la visitó en la campaña de 1989

 

Darío era hermano, entre otros, de Clodomiro “Miro” Céspedes y de Joaquín Céspedes, éste último famoso por ser el “sobador” del pueblo (ahora les decimos “fisioterapeutas” si son universitarios). Clodomiro y Joaquín se casaron con las hermanas Fallas Meléndez, María “Quita” y Armanda “Tana” sobrinas de Susa. En síntesis, tres de los hermanos Céspedes Salas, se casaron con dos hermanas Fallas Meléndez y la tía de ellas, Susa Meléndez. Clodomiro vivió hasta los 94 años, Tana hasta los 97, Joaquín hasta los 96, y Quita va por 99 años cumplidos el 14 de julio del 2010.

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María Jesús "Susa" Meléndez y Dario Céspedes a la izquierda.  Armanda "Tana" Fallas y Clodomiro Salas a la derecha.  María "Quita" Fallas y Joaquín Céspedes al centro.

 

Quita es encantadora y para ella uno nunca se hace ni viejo ni feo.   Como todos los centenarios, siempre quiere recordar su juventud, por muy dolorosa que pueda haber sido, aunque ella permanentemente agradece todo lo bueno recibido en su vida. Durante la celebración de los 99 años de Quita, estuvo presente su primo hermano Ademar “Memo Bobo” Meléndez, que en mayo cumplió 94 años, con mucho dolor porque ese día murió su hijo Pipo, pero, fiel a su vida de artista, cantó y hasta bailó un paso doble con mi mamá. A sus años sigue tocando primorosamente sus instrumentos: la guitarra y el acordeón. Igualmente, Memo es sobrino de mi abuela Susa y otros sobrinos de ella, algunos que viven en San Rafael, ya superan también los noventa años.

La probabilidad de que a mí o a algunos miembros de mi familia nos tengan que aguantar mucho rato parece que es alta. La verdad es que esa es una generación irrepetible “a fuerza de golpes fuerte y a fuerza de sol bruñida (M. Hernández)” y sospecho que la actual sociedad de mercado, con su insistencia en un estilo de vida ocioso, obeso y obcecado, pueda convertir un arbustillo en un fuerte e imponente roble “como los de antes”, para usar la expresión.

Algunos de los recuerdos más hermosos de mi experiencia como concejal de deportes estuvieron relacionados con las actividades deportivas para personas especiales y para adultos mayores. Pero desafortunadamente esos fueron casos muy aislados. ¡Sería fantástico poder entrevistar a todos los centenarios poaseños! Pero más importante todavía es plantearse la reflexión de si realmente Poás ofrece la calidad de vida que merece el adulto mayor, “quizás llegar a viejo fuera más llevadero… en lugar de arrinconarlos en la historia, convertidos en fantasmas con memoria (J.M. Serrat)”.

Empezamos señalando aspectos de la concepción aislacionista de los poaseños, de la visión de sí mismos y de los otros.  Esta concepción puede explicar, parcialmente, la alta incidencia de la consanguinidad, pero no la longevidad. Esta última debe ser explicada con base en aspectos tanto genéticos como ambientales y, además, ser comparada con la de otros cantones vecinos. Los argumentos esgrimidos son muy cuestionables y pueden buscarse con facilidad alternativas tanto a favor como en contra. El objetivo es abrir el debate, así que cedo la palabra a ustedes estimados lectores…

última actualización el Viernes 17 de Septiembre de 2010 06:48
 

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